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Como gato con chaleco.
¿Se siente cómodo creyendo en un ser imaginario que supuestamente creó el universo? ¿Se siente cómodo en un horario de oficina, con camisa y corbata? ¿Se siente cómo con sus pantalones pitillos y tratando de imitar a unos artistas sin talento? ¿Se siente cómodo en su rectitud al callar esas palabras que podrían arruinar el momento? Si es así por favor le pido que deje de fijarse en mi peinado hirsuto, mis pantalones holgados a media raja, mis poleras de bandas y mi actitud feliz, pues es de la única forma que me siento cómodo.
El lucrativo negocio de las lágrimas.
Creo que el apelativo que más se ha repetido este último tiempo para identificarme es insensible. En cierto modo puede que sí: con el tiempo me he convertido en un zombie anemocional gracias a un sinfín de cosas que he visto, vivido y hecho. Puede ser que estoy tan narcotizado en lo concreto, en lo tangible y en lo calculable que he dejado de lado de lado ese "lastre" que a veces te hace ir más rápido cuando no conviene o atrasarse cuando el tiempo es corto. Sí, soy lo bastante insensible como para el común de la gente. Sí, soy insensible y festejo la desgracia ajena. Sí, no lloro por famosos muertos ni sus familias destruidas; de hacerlo debo ser consecuente y deshidratarme con las tragedias que se viven día a día en el mundo: conflictos religiosos que cobran víctimas inocentes, guerras por poder y territorio como pasa en Gaza, abuso de poder aplicado a pueblos originarios en la Amazonia por parte de compañías multinacionales, maltrato por parte de las fuerzas armadas a comuneros mapuches y, cómo no olvidar, la muerte a a manos de un carabinero de un menor de 16 años. ¿Tanta desgracia en el mundo y debemos llorar por 21 muertos? Siendo realistas el rescate de cuerpos y la rápida movilización de milicos se debe a la presencia de 2 rostros televisivos entre las víctimas. Si las fuerzas armadas hubieran movido el culos de igual forma post terremoto la historia en la isla hubiera sido distinta.
¿Qué hace que este accidente aéreo se convierta en "tragedia nacional"? Los medios. Es la TV que transforma un accidente en negocio. Da asco ver como se reúnen rostros, ponen música para hacer llorar viejas culiadas (incluyo a mi abuela materna) y luego tiran la oferta de parrilla a $7.990. Una "tragedia" que le rompe el corazón hipócrita a todo Chile, ese país donde día a día los trabajadores son violados por sus empleadores, donde no conviene estudiar porque vas a terminar endeudado el resto de tus días y donde prima los intereses de pocos por sobre el bien del pueblo. Como dije por ahí y parafraseando un poco a NdNo, en la caja del ocio el llanto es negocio.
Se derrumba.

Este último tiempo ha sido una especie de asesinato de buenos recuerdos. Mi visión actual de mi ser se ha ido constantemente a la mierda debido a hechos que me hacen poner los pies en la tierra y decirme "oye, pendejo de mierda, ya no tienes 18 años". Es espeluznante ver como el tiempo se escapa, rozándote los brazos y la cara. Da miedo ver que uno quiere retener la arena con una criba y, obviamente, nada queda. Lo peor de todo es la parte en que uno recuerda cosas y llega otro ser y, de un golpe, te hace caer a velocidad de crucero y chocar contra el pavimento.
Pensaba en lo que dijo una vez la Romi, cuando asintió que nuestra generación murió el 2005. Cuánta razón tendré. Nada nuevo después de ese año, nada del otro mundo, sólo la repetición o innovación de algo existente. Posterior al 2005 todo es embarazos y casorios. Posterior al 2005 todo es camisas, corbatas y pantalones a la cintura. Creo que la nostalgia se basa en darse cuenta que ya se dejó atrás toda una etapa de la vida en la cual se aplanaba calle sin razón y se podía caminar sin preocupaciones. Posterior a eso viene la plata, el compromiso social, el disimular la misantropía, en venderle a la gente una imagen en colores que es, a fin de cuentas, una fotocopia con líneas de crayones y, como no, el acostumbrase a que simplemente algún día tendrás que abrirte con una persona y mostrarle todo tu interior, podrido y todo.
Que pena: una época se fue. Hoy se casan amigas, ex parejas y conocidas paren de sus entrañas descendencia, mis amigos se cortan el pelo y dejan el alcohol, la gente se hace vieja y se entra más temprano. Las amistades se amarran a sus parejas y desaparecen. Justo hoy no necesito mantras ni cruces, sólo que esa imagen pasada no arda al momento de verla.
Setenta rotaciones.
La amargura es congénita, así de simple. Hoy vi a mi padre, rabiando y gritando por imbecilidades, de las cuales ni siquiera le habría dado importancia hace 25 años. Cada día que pasa se acerca más y más a la actitud de su padre -obviando, claro está, la coprolalia a flor de piel de mi abuelo-, lo que me da para pensar. Yo mismo me he dado cuenta que poco a poco me he ido convirtiendo en lo que simplemente se puede definir como "viejo culiado"; huraño, medio gritón y sedentario. No quiero llegar a ser como mi padre, que hace años admiraba y sólo queda de él la triste visión de un racista, homofóbico, incapaz de autocriticarse e irresponsable entidad molecular. Mi abuelo es lo mismo, con el plus de que aparte de todo lo nombrado anteriormente, cada cinco o seis palabras incluye las palabras o frases "pico", "pichula", "venga el burro", "¿y a dónde?" y una sarta de sinsentidos.
Que fácil es la vida para algunos seres: unos viven felices y despreocupados mientras los abuelos de sus parejas ayudan económicamente a sus hijos y otros se aíslan de la realidad, la amoldan y la acomodan para que se centre en ellos. Los demás, nosotros, el resto, vive con el peso de tener que aguantar -de forma ineludible- esta masa amorfa.
Hoy cumpliste setenta años. Lastimeramente y como siempre, desde que te conocí, pedías como deseo morir, morir mañana mismo. Quise hacerte el favor y acuchillar tu cuello, pero mis ganas de evolucionar y dejar esa marca genética como recesiva hicieron que soltara el cuchillo, tomara el pastel de chocolate y caminara hacia la puerta de la casa. Y los vi criticándose mutuamente bajo el agua mientras yo llegaba a la orilla y tomaba una bocanada de aire, con mis nuevos órganos respiratorios.
Degradación exponencial.
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Ephedrine
| viernes, 24 de diciembre de 2010 |
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Divagaciones
No recuerdo cuándo fue la última navidad que esperé con ansias. Creo que fue el 2005, cuando mi vieja, esforzándose como siempre, me regaló la chopper (una de las diez bicicletas que habían en ese momento en Chile). Luego de eso es, no sé, una sensación similar a la de un día lunes: nada.
¿Cómo llegué a este estado? Me carga asumir que es la edad. Me carga admitir que no mandé a la mierda la camisa y la corbata que me regalaron, porque, para variar, estoy en la edad de recibir ese tipo de regalos. Lo peor es que el desánimo se extiende más allá de la navidad e incluye cumpleaños y otras fiestas donde todos deberían ser felices. La llegada del verano o d elas vacacione sno es como antes, con esa sensación de liberación. Finjo que soy feliz, esbozo una sonrisa, unos cuantos jajás y listo, pasó piola, pero en el fondo me importa un reverendo pico todo lo que pase. A veces tomo de aburrido, para no matar el ambiente, pero ni ganas de alcoholizarme tengo. ¿Será esto una crisis? Puede ser, puede que no asuma mi condición actual, puede ser el miedo a verme como una familia distinta, aparte, un día domingo, con sandalias, un short sobre las rodillas (y bien puestos) y una polera manga corta con cuello, regando el pasto. Siento que tengo 24 años y la vida se me va, porque no hago nada más interesante que estar echado frente al PC, porque todas mis amistades andan con sus parejas de un lado a otro y no tienen tiempo para, simplemente, caminar y vagar por la calle, sin rumbo, hasta el otro día, como antaño. Poco a poco dejo de emocionarme, dejo de sentir y me vuelvo un ser sin adrenalina en el torrente sanguíneo. Nada me llena, nada. Me lleno de responsabilidades, algunas que me corresponden y otras no, pero me lleno al fin y al cabo.
Hoy lo admito: no le veo sentido a mi vida, pues las emociones se fueron; quedaron en San Sebastian, en la plaza, en años pasados.
Lo que pasa con el amor.
Podría darle un sinfín de adjetivos a tu petición, desde chistosa, infantil, ególatra y hasta, cierto punto, tierna.
No soy muy bueno escribiendo de lo bueno, porque, generalmente, soy un amargado antitodo que le busca hasta la doceava pata al gato con tal de mantener mi acibarado modo de pensar. No soy bueno escribiendo de la felicidad porque encuentro que, estando en mis lapsus tristes y oscuros, veo e interpreto mejor el mundo.
¿Qué le pasó a mis entradas diarias al blog? Murieron porque no tengo rabia. Y toda la culpa es tuya, que me tienes feliz desde hace ya 2 años y algo (sí, señor lector, más de 2 años... saque cuentas y tráteme de poco hombre).
Me he convertido en un ser feliz, que se contenta con estar al lado tuyo y cerrar los ojos. Me he convertido en un ser sensitivo, que anda descalzo en el pasto (y se sorprende de los estímulos). Creo, incluso, que hasta me he vuelto más social (nota aparte: en estos momentos uno de mis gatos lame vigorosamente mis mejillas; vaya manía). Entonces ¿Por qué no escribo sobre ti? Porque no tengo esa nube negra que movía mis dedos y hacía funcionar mi cerebro. ¿Por qué? Por el mismo motivo que te repito día a día: te amo.
PD: en todo este rato, Dez, mi gato, no ha paro de saltarme encima y empezar a lamerme y morderme los dedos.
Maldita primavera
Nunca en mi vida he podido disfrutar esta época del año como sale en las películas, corriendo por praderas llenas de flores con la mano de mi enamorada. Nunca he podido echarme en el pasto de una plaza sin que me llene de ronchas. El colmo de todo esto que es mi hipersensibilidad histamínica me tiene en cama en este preciso momento, con fiebre y los mocos hasta la rodilla, sin poder ayudar de forma competente a mis compañeros.
Sí, cada día deseo ser como el común de la gente, pero igual tiene ventajas ser "edición limitada"
El nombre influye
Publicado por
Ephedrine
| jueves, 23 de septiembre de 2010 |
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Divagaciones
200 años.
SSDD
Antes me gustaba disfrutar el día, sentirlo a concho. Hoy por hoy sólo espero que, apenas abra los ojos, el día termine. Hace tiempo que no me levantaba así, con ganas de mandar todo a la mierda, con ganas de quedarme en la cama, mirando el techo, cual depresivo. Yo creo que el dolor de cabeza me tiene así, así que iré a automedicarme.
Mi amigo Eduardo y yo.
En la entrevista lo noté raro, en el sentido de que algo no encajaba en él. Cuando habló la idea se aclaró. No cruzábamos muchas palabras, más que nada porque, realmente, me daba miedo que se sintiera mal por mi trato, acostumbrado a esas palabras.
Fue en una reunión del grupo, donde el Pancho tocó el tema para aclarar el asunto sobre el ambiente en el lugar de trabajo. Y le preguntó a secas, como un disparo directo a la frente, como un golpe de martillo en la nuca. Si la pregunta fue impactante la respuesta lo fue aún más. Lo dijo, sin doblegar su voz, sin mostrar ningún sentimiento adverso. Yo, personalmente, quedé de una pieza.
Eduardo, el Edú, es gay. Sí, gay. Y es mi amigo. Yo una vez, en pretéritos tiempos, tuve un amigo maricón -y podría ponerle mil adjetivos más, pero no viene al caso- pero no un amigo gay. El Edú es gay, pero no maricón.
Comenzamos a hablar y a entablar esta relación de amistad en el comedor. Se desplazó a los cubículos, donde hablábamos de música (tiene su pasado nümetalero), de películas y, para variar, contamos chistes. Nos molestamos mutuamente. Nos reímos de las leseras que dibujamos, si está muy lejos y nadie está viendo le tiro un papel mojado. El se venga y me tira un papel lleno del alfileres.
Hoy me dijo que le caía bien, que era con el que mejor se lleva. Mínimo, si le grabo las películas, jajajajaja.
Asalariado (hitos del mundo laboral).
Mi primera entrevista de trabajo. Estaba tan asustado que no sabía cómo vestirme -llevo 24 años vistiéndome igual- pues decía claramente en el e-mail que me mandaron que debía ir "no formal, pero sí casual". Un llamado urgente a Pirque y su bastante necesario fashion emergency. Listo, a la entrevista. Estaban ahí, frente a mi, los seleccionados. Yo, para variar, entré del modo chileno: su buen pituto.
Ahora llevo 2 semanas trabajando y buenos lazos con mis compañeros. Trabajo en un estereotipo de pega, donde está el jefe buena onda, pero que todos dicen que a veces se transforma. Está, de igual forma, la señora de edad avanzada, la mina joven con hijos, el compadre que se viste bien y que va a la disco, el flaite buena onda (aunque de flaite tiene solo el corte de pelo, por eso le digo "Sopaipa"), la mina top, el par de compadres piola/bueno pa'l hueveo y el gay. Yo soy el jugoso extremo que habla boludeces todo el día.
El otro día mis compañeros de trabajo me invitaron a un bar, a festejar el nuevo miembro del grupo. Una botella de cerveza por persona, karaoke, ambiente festivo o mi jefa directa diciéndome "Alvariiiiito, yo te tengo ene fe".
Y ahora, para completar mi incursión en el mundo laboral, falta mi primer sueldo. Obligado a pagar el piso.
Dar en el gusto.
Estai gordo, haz algún deporte. No, no me gusta que hagai ese deporte. Mapuche culia'o. Hola, cabezón. Miren, es el hijo de Evo Morales. No, no vai a entrar a la universidad. ¿Qué es eso, un repollo? Por qué andai tan ordena'o. Mira el hue'on desordena'o. Mamón, despégate de tu vieja. Pero hue'ón, hazle caso a tu mamá. Pendejo culia'o. Conchetumare. La conchetumare de la Viviana. Respeta a tu mamá, conchetumare Déjate el pelo largo, pásate a tu abuela por la raja. Córtate el pelo. Vo' no soy mi hijo.
Déjà vu.
Ahí estaba la escalera mecánica, el punk vendiendo aros y el mojón de perro en la esquina, pero ahora yo llevaba la billetera en el bolsillo.
Ojos inertes.
Me decías- a escondidas de tu pequeño hijo- que extrañabas mis ojos inertes. Me decías que siempre te gustó lo prohibido, lo profano, que te llamaba la atención mi mirada perdida, mis ojeras perennes, el cambio de color de mis ojos. Tratabas de conquistarme, tratabas de sentirte bien luego de una ruptura amorosa, de una vida llena de tipos de mierda. No sabía cómo despegarme de tu presencia, de decirte de buena manera "loca, acá no hay mano". Mientras hablabas yo hacía memoria de cuántas personas me habían dicho que mi mirada asusta, no por la maldad que podría exponer, sino porque simplemente, según todos los demás, mis ojos no expresan nada. Alguna vez, más de alguien, me han dicho "andas como triste/feliz", mas nunca "tienes la mirada triste/feliz". Me veo al espejo, luego de que casi todo el sector donde vivo me ha dicho "ojos de muerto" (inclusive la Flo).
Sigues parlando y moviéndome la cola. Te miro y me dices "ay, me encantan tus ojos oscuros... acércate para verlos mejor". Y, en un ataque de rabia controlada, de vergüenza ajena, te digo "no, loca, no me tiro minas despechadas ni menos con hijos".
A veces me llama al celular para pedirme favores estúpidos, a altas horas de la noche, a pesar de que ya se reconcilió con su marido (con el cual espera otro hijo). Generalmente le respondo con un "oye, ahue'oná, ¿Cachai la hora que es?". Me corta con un cínico "chao, ojos de muerto".
Ahora no (ni nunca).

Todos sueñan con uno, pero yo no. No ahora y, por como pienso, creo que nunca (más allá de considerarme un mal ejemplo). Todos dicen "más adelante"; todos lo tienen dentro de sus planes. ¿Qué pasa cuando llega así, sin avisar? Te caga la vida, te destruye, te amputa las extremidades, te chupa la sangre.
Puede ser que a XY no le afecte como le afecta a XX, porque el dolor, además de social y emocional, es físico. Puede ser que XY corra, con miedo, pero XX tiene las opciones más arriesgadas, perdiendo siempre, sin poder arrancar.
Fuerza, XX.
Historia (NO) vinosa.

Recuerdo cuando, estando en Las Condes, escuchaba sus historia, todas cercanas al Club Hípico y redes sociales con apellidos vitivinícolas. Mi imaginación, en tono sepia, me llevaba a aquellas andanzas, de palabras bien marcadas y lenguaje inmaculado. Y me pasó lo que, justamente, me pasaba en el plano real: cierta repulsión, cierto resentimiento social. Todo esto cambia, claro, cuando la Historia de Chile no la cuentan de Plaza Italia para arriba, sino que de sectores tan emblemáticos como La Legua o la extinta Musa.
Cuando se juntan la Gloria y el Rena con mis abuelos, mi mente vuela. Me los imagino yendo a esos cines, llevando un cajón para sentarse. Veo a esas 2 mujeres, en ese tiempo jóvenes, caminando por La Legua, tomándose una pilsen con unos feriantes. Imagino al Pelado y a mi tata, solos en la casa, organizando una reunión social, llena de humo y carne de chancho. Imagino sus andanzas como un cuarteto del terror, tal como nosotros lo hacemos; parejas saliendo, viviendo el mundo de una manera más arriesgada.
¿Por qué prefiero una versión de la historia llena de tierra, sudor y sangre, ante un versión totalmente cinematográfica? Porque la primera es, simplemente, la verdadera.
Resplandecer.
Y ahí estaba sentado yo, moviendo los pies, escuchando música. Ahí estaba, muriendo, inactivo. Ahí estaba, en una especia de trance, que me llevó a pasados años.
¿Qué es lo peor de crecer? Tomar consciencia del mundo. Antes los días se hacían cortos, las andanzas con los amigos eran eternas, las preocupaciones eran nulas. Hoy, crecidos, todos estamos plagados en actividades que nos alargan los días de forma tediosa, que nos quitan el aliento vital, que nos sofocan. El problema es que todo eso que nos acongoja ahora nos rodeó siempre, pero, en un acto de madurez/inmolación, lo hicimos nuestro. ¿Me estaré volviendo lo que siempre he odiado? Este último tiempo he estado más inerte que de costumbre, llegando incluso a gritar de forma desesperada porque, simplemente, mi cuerpo no responde.
Recuerdos. Miraba a mi alrededor, buscando algo que me llevara al pasado, un perfume, una situación, algo etéreo. Las recordé. El deseo de estar con ellas fue fuerte. Imágenes de cada una de ellas pasaban por mi mente, como fotogramas de nuestras vivencias. Abracé ese momento, no porque sienta algo por ellas, sino por cómo me sentía en esa instancia. Actúo como un ordenador, moviendo archivos de una carpeta a otra. Una silueta interrumpe el proceso. Una joven, de facciones europeas, mueve los labios, pidiendo permiso para pasar. Muevo mis piernas y ella flota sobre el piso, rauda.
Verano. Noches enteras en una plaza, conversando sobre la nada y el todo. Caminar kilómetros en la noche sólo por caminar. No temerle a nada, ni siquiera a la muerte. Invierno. Hablar, bajo la caricia fría y seca del viento, abrazados a la niebla, caminando en círculos. Correr detrás de los vehículos de Seguridad Ciudadana, como un deporte olímpico, donde se deben batir marcas mundiales. Noches en la casa de alguien, conversando de cosas que sólo a nosotros nos importan. Veranos sentados en la calle, gritándole a la nada, saltando, tratando de tocar las estrellas. Los recuerdos paran, luego de que una figura brillante entra por mis ojos. Un número diecisiete brilla en una pantalla. Me paro y voy. Luego a la casa. Luego al mundo real.
Tacto.

Me miró feo. Me carga que la gente me mire de esa forma, entre despectiva y desafiante. No soy paranoico. Me carga, además, su complexión. Me carga que me miren fijo, tratando de buscar algo que no encontrarán. No aguanto: tengo que golpearlo. Me muevo, con fuerza, hacia su persona. Algo me detiene: una mano suave y cálida, que toma mis manos ásperas. Me tira con fuerza. Otra extremidad toma mi cara. Un rostro se acerca el mío. Nuestros labios hacen contacto. Y me calmo. Ella me toma de la cintura y apoya su cabeza en mis hombros. Me dice "vamos, chanchito cochino" y nos alejamos del tipo. Se salvó.
¿Todavía?
Fueron alrededor de 2 o 3 años los que estuvimos juntos. Fue un acto la gota que rebalsó mi vaso. Hace un año y tanto que no sé nada de ti, pero, por alguna razón, te empeñas en aparecer nuevamente, tratando de poner tu pie encima, tratando de figurar, tratando de mostrar tu poder. Tus apariciones me tenían sin cuidado, hasta hace apenas unos minutos atrás. En un proceso cognitivo bastante largo (producto del sueño) me pregunto qué mierda haces rondándonos, si ya la Tierra ha dado una vuelta y algo más. Si llegas a leer esto algún día te pido, sin odio, sin rencor y más preocupándome de ti que por nosotros, que te borres de acá, que no nos busques. Preocúpate de tu vida, de tu pareja, de tu familia, pero trata de no hacerme tema tuyo.
Atte.
Álvaro Maya, tu ex.



